La Argentina también tuvo una carrera espacial, una donde no precisamente hubo voluntarios. Allí estuvieron Juan, Belisario y Dalila, quienes no completaron estudios en ingenierías o matemáticas ni se especializaron en aviación o electrónica. Para saciar el sueño o cumplir con la fiebre de la competencia cosmométrica, y ser uno de los primeros en ello, el país reunió en distintos momentos de la década del 60 a un ratón y un mono, quienes fueron idóneos en las pruebas adaptándose con facilidad a arneses y chalecos; en sus respectivos vectores se elevaron para convertirse en los primeros “astronautas de la Argentina” y adelantar a la Nación junto con Estados Unidos, la URSS y Francia en la gesta espacial.

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Por estos días está transcurriendo la Semana Mundial del Espacio, un evento que se extiende desde el 4 al 10 de octubre de 2026 y conmemora la modernización de la ciencia, la tecnología y la exploración astronómica. Por este tiempo la consigna celebra cómo los lanzadores evolucionaron a naves reutilizables y el nuevo acceso a la órbita de otros actores. Esta fecha, institucionalizada desde 1999 por las Naciones Unidas, coincide con dos hitos fundamentales del contacto humano con el cosmos: la instalación, el 4 de octubre de 1957, del Sputnik 1 —el primer satélite artificial en orbitar la Tierra, que marcó el inicio de la Era Espacial— y la entrada en vigor del Tratado del Espacio Ultraterrestre el 10 de octubre de 1967, que estableció los principios que rigen la exploración y el uso pacífico del espacio. Mientras en el mundo los impulsos por acercarse al firmamento continuaban, el territorio nacional gestaba sus propios planes por aquel contexto cercano.

El antecedente de Belisario: el primer paso en 1967

Estados Unidos, la URSS y Francia eran las potencias que se habían posicionado al mando. Las conquistas no eran menores allá por la década del 60, donde el hito más grande se consolidó con la llegada de los primeros humanos a la Luna. Apenas el Apolo 11 y sus tripulantes pisaron el satélite natural, la Argentina centraba sus esfuerzos en el Canopus II, un proyectil sonda de unos cuatro metros de largo y 50 kilos de carga útil, desarrollado por la industria nacional y que buscaba continuar con una política científica iniciada en 1967 con un viajero particular. Ahora la República buscaba ir más lejos y enviar “un hombre pequeño, un mono”. Esta sentencia perteneció a uno de los científicos del Proyecto BIO que por aquella época envió en un módulo espacial a Juan, el primer primate y el segundo ser vivo argentino en salir de la superficie terrestre.

El antecedente directo de esta hazaña se escribió el 11 de abril de 1967 a las 10 de la mañana en la Escuela Aerotransportada de Córdoba. En el marco del Proyecto BIO de la CNIE —liderado por el ingeniero Aldo Zeoli y con el doctor Hugo Crespín a cargo de los aspectos biológicos—, el ratón Belisario se convirtió en el primer ser vivo en ser lanzado desde suelo argentino a bordo de una cápsula acoplada a un cohete Yarará. Nacido en el bioterio de la Universidad de Córdoba con 170 gramos de peso, Belisario fue seleccionado entre otros especímenes por su rápida adaptación al uso del arnés y del chaleco. Tras alcanzar una aceleración inicial de 20 G y una altura de 2.300 metros, el paracaídas se desplegó a los 28 segundos y los vientos desviaron la cápsula fuera de la pista. Tras una búsqueda aérea de 50 minutos, fue rescatado sano y salvo, apenas un poco nervioso y con 8 gramos menos. Luego retornó al bioterio, donde vivió hasta su muerte natural dejando descendencia sin alteración alguna.

El mono Juan minutos después de regresar del espacio. Imagen: Infobae

El Proyecto BIO y el despegue del mono Juan

Hacer de un primate un “astronauta” sería algo impensado y poco ético hoy. Sin embargo, el 23 de diciembre de 1969 significó el gran avance que la ciencia argentina encontró. El pequeño animal fue el primer tripulante que los científicos monitorearon para conocer la seguridad de los viajes espaciales y se consagró entre los primeros seres vivos en viajar al espacio en el mundo. El objetivo principal del Proyecto BIO fue monitorear sus signos vitales en tiempo real durante el vuelo y regresarlo con vida a la superficie. Mientras tanto, este proyecto se integraba en uno más amplio: el perfeccionamiento de naves y el desarrollo de una forma directa y autónoma para poner satélites en órbita. A largo plazo también se consideraba realizar vuelos tripulados por humanos.

Juan, un mono caí de un kilo y 30 centímetros de altura atrapado en la selva misionera, fue capturado por la Gendarmería Nacional, introducido en un habitáculo y enviado al espacio desde el Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados, ubicado en el departamento Chamical, en La Rioja, un día antes de las fiestas de la Natividad de 1969.

Tecnología nacional para monitorear el vuelo

El primate viajó en el Canopus II, un cohete sonda de unos cuatro metros de largo y 50 kilos de carga útil, desarrollado en Argentina, que alcanzó cerca de 90 kilómetros de altura hasta la mesosfera (internacionalmente se considera que el límite entre la atmósfera y el espacio se encuentra a los 100 kilómetros de altura).

De cara al primer objetivo, varios sensores fueron conectados al cuerpo del animal y esa información era transmitida casi en tiempo real al Centro de Experimentación de la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales mediante un sistema telemétrico desarrollado para la misión. Más tarde, esa misma tecnología sería empleada en aviones de la Fuerza Aérea Argentina para monitorear el estado de los pilotos.

Quince minutos de historia y un suave regreso

El mono Juan viajó sedado para mantenerlo quieto, pero consciente. Su anatomía fue cubierta por un chaleco impermeable y se lo acomodó en un asiento diseñado especialmente para reducir los efectos de la aceleración. Estaba recostado de manera tal que las fuerzas ingresaban de forma transversal a la figura y, gracias a eso, su vida no corrió peligro. Ese asiento estaba en el interior de una cápsula presurizada con una reserva de oxígeno de entre 15 y 20 minutos, ubicada en la punta del Canopus II, el cual ya había realizado dos vuelos de prueba.

El lanzador despegó el 23 de diciembre de 1969 desde la base espacial ubicada en una llanura desértica a más de 450 metros sobre el nivel del mar. En 5 minutos, la nave superó los 7 kilómetros, tras lo que se apagaron sus motores y siguió en ascenso por inercia varios kilómetros. En ese momento, un medidor registraba 800 °C de temperatura externa y 25 °C en el interior del módulo. La nave llegó a los 82 kilómetros de altura; allí, el motor se separó y cayó a tierra, mientras la reducción de velocidad desplegó un pequeño paracaídas.

El hallazgo en el desierto y el destino final

Hasta ese momento, el pequeño primate respiraba a través del oxígeno de la cápsula presurizada y, según los científicos, los instrumentos no indicaban alteración alguna en su salud. Recién pudo respirar aire cuando la nave estuvo a 3 mil metros de altura: se abrió una escotilla y una turbina comenzó a ventilar el interior del habitáculo que ocupaba. Inmediatamente, se desplegaron otros dos paracaídas más grandes y comenzó el suave aterrizaje.   

Una vez localizado el vector, fue trasladado a la base de operaciones de la que partió Juan. El armazón fue desarmado y, cuando se abrió la escotilla, los presentes se encontraron con la mirada inquieta del mono, que movía las manos muy lentamente. El encargado de sacarlo alzó en sus manos el pequeño asiento y lo mostró al resto de los asistentes. El vertiginoso viaje duró en total 15 minutos. Juan no fue devuelto a la selva; por el contrario, luego de servir al experimento vivió en cautiverio en el zoológico de la ciudad de Córdoba, donde murió después de 2 años.